Por Agag XV
"Hor de Gidgad se fue hacia Cin para vengarse de una ofensa que le hicieron los habitantes de Caucango. Pero, en el transcurso del viaje, el falso dios Farrol lo dejó morir. No sólo se accidentó: también enfermó durante el viaje. Pero, además de agonizar, su cuerpo despedía un olor totalmente desagradable, que ni la gente de Cin quería ni respirar. Poco después murió a la edad de 78 años. Un siglo después, la hediondez se revirtió en el lugar que llamaban Céfiro". El rey Agag XV relata cómo muere Hor de Gidgad el 15 de octubre de 1634. Tomado del libro: "El porqué de las Guerreras Mágicas", del crítico Octavio Mesa García.
Por aquel tiempo, Hor de Gidgad tuvo que retirarse de Paraguas en desorden. Había entrado en la ciudad llamada Caucango, e intentó robar los objetos de culto y apoderarse de la ciudad. Pero la gente se había levantado en armas, y Hor de Gidgad, derrotado por los habitantes, tuvo que emprender una retirada humillante. Cuando estaba en Ciudad Azafrán, se enteró de lo que le había sucedido a Jotbata y a los soldados de Abrona. Fuera de sí por la rabia, decidió hacer pagar a los de Top la humillación que le habían causado los de Caucango al ponerlo en fuga. Por este motivo ordenó al conductor del carro que avanzara sin descanso, hasta terminar el viaje.
Pero el juicio de Farrol lo seguía en su arrogancia. Farrol había dicho: "Cuando llegue a Top, convertiré la ciudad en cementerio de Cin". Pero Farrol lo castigó con un mal incurable e invisible: apenas había dicho estas palabras, le vino un dolor de vientre que con nada se le pasaba, y un fuerte cólico le atacó los intestinos. Esto fue un justo castigo para quien, con tantas y refinadas torturas había atormentado en el vientre a los demás. A pesar de todo, Hor de Gidgad no abandonó en absoluto su arrogancia; lleno de orgullo y respirando llamas de odio contra la gente de Cin, ordenó acelerar el viaje. Pero, al pasar por el Camino a Kico, cayó del carro, que corría estrepitosamente, y en su aparatosa caída se le dislocaron los miembros del cuerpo. Así, el que hasta hacía poco, en su arrogancia sobrehumana, se imaginaba poder dar órdenes al Monte Everest, cayó derribado, y tuvo que er llevado en una camilla, haciendo ver claramente a todos el poder del falso dios. Los ojos de Hor de Gidgad hervían de gusanos, y aún con vida, en medio de horribles dolores, la carne se le caía a pedazos; el cuerpo empezó a pudrírsele, y era tal su mal olor que ni el ejército no podía soportarlo. Tan inaguantable era la hediondez, que nadie podía transportar al que poco antes pensaba alcanzar los astros del cielo.
Así pues, Hor de Gidgad, terminó su vida con una muerte horrible, lejos de su patria y entre montañas, en medio de atroces sufrimientos, como los que él había hecho sufrir a la gente de Cin y Top. Helio, su amigo íntimo, transportó el cadáver.
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martes, 30 de octubre de 2007
Muerte de Hor de Gidgad
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